Bipolar: ni trágico ni cómico

Artículo de: EMILIANO DE LA CRUZ de PSICOLEY

Profesional incluido en el BUSCADOR PROFESIONAL THESAURO  

Hay dos dimensiones fundamentales en la relación del ser humano con la vida, en lo que afecta a su ánimo: lo trágico, esa dimensión del ser humano que le permite representar su relación con la muerte, donde el amor se sitúa por encima del temor a esa muerte, alimentando un deseo que no la busca pero no la evita; y lo cómico, que le permite reír con el juego de las palabras o con la caída de la imagen del otro, donde ese otro se apea de su dignidad yoica y muestra tropiezos, lo que nos produce un placer añadido, gratuito, inesperado -esos tropiezos se producen habitualmente en el discurso: las palabras llevan más allá de donde se quería ir o traicionan inesperadamente-. Esas dos dimensiones, lo trágico y lo cómico, no son algo que pueda definir el ser del sujeto bipolar, del maníaco-depresivo.

El sujeto que se sitúa o se ve alcanzado por ese juego brutal del ánimo, no es alguien que participe de lo común de la tragedia o de lo cómico. Ni en el momento que se podía acercar a lo trágico, depresión, ni en lo cómico, manía, el sujeto puede compartir, socializar, hacer lazo con los otros, en su dolor o su supuesta alegría: llora borrado, sin saber por qué llora y ríe sin poder hacer común su risa. Cuando en el teatro se representa una tragedia o una comedia, los espectadores lloran o ríen con los actores, se sienten identificados a lo que se representa. Por el contrario, en la depresión o en la manía los límites se han roto y no permiten que otros sujetos puedan hacer propias las significaciones que el bipolar intenta compartir. Ni se llora con el depresivo ni se ríe con el maníaco, no se siente uno identificado a ellos, no se entiende. Si acaso en la manía, en el delirio, la gente se puede reír del loco pero no con él, no puede participar de su delirio o locura. Lo único que, finalmente, aparece como más propio, que le puede representar, o mejor, rescatar como sujeto, es esa construcción que la psiquiatría se precipita a eliminar: su delirio.

Frente a la posibilidad de aparición de un significante que venga a poner orden en ese enjambre de palabras que lo invaden, se propone una química que lo “normativiza” reduciéndolo a un lugar común de alienado.

No es que la medicación no tenga una función de alivio para el bipolar, como para otros sujetos en sus trastornos, sino que se pretende reducir todo a una genética que origina un desorden químico en la transmisión neuronal y llevaría a lo que se llama “enfermedad mental”, es decir, frente a la que el sujeto no tiene ninguna responsabilidad, es decir, frente a la que queda inane, condenado, frente a la que ya no podrá hacer nada por no depender en nada de él mismo. Esto es el producto del rechazo del inconsciente que la psicología actual y la psiquiatría tienen como causa común y cuyo único resultado es la reducción de la subjetividad a un yo ortopédico, alienado a los supuestos bienes de la participación en el banquete común de los medicamentos o de la reducción del deseo del sujeto a un conformarse con no molestar a nadie con su malestar.

Pero, ¿no es sorprendente que esa alteración química espere a situaciones como el primer encuentro amoroso, la pérdida de un padre, un fracaso laboral,… para manifestarse? ¿Es que acaso sabe la química de los momentos subjetivos importantes para un ser humano? ¿O de esos otros, frente a los que un sujeto se ve imposibilitado a dar una respuesta que no lo arrastre al abismo? Que la química cerebral se altera en innegable pero no es indiferente el orden: ¿es el desorden subjetivo el que da lugar al desequilibrio químico o es éste el que da lugar al primero? Por ejemplo, en el caso del miedo, ¿es el miedo el que desencadena ese conjunto de respuestas que se llama estrés o es que esas respuestas –descarga adrenalina, aceleración cardiaca, redistribución del flujo sanguíneo, etc- se producen primero y luego aparece el miedo? Lo mismo podíamos preguntar para el momento en el que se produce el enamoramiento y provoca toda esa gama de respuestas a nivel orgánico que todos hemos sentido alguna vez. ¿Todos? ¿O acaso el bipolar ha sido arrancado en gran medida de ese movimiento del deseo que conduce al amor?

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