Locura y progreso

Artículo de: EMILIANO DE LA CRUZ de CENTRO PSICOLEY

Profesional incluido en el buscador profesional THESAURO

 

En este lodazal que es el mundo tal como el progreso lo ha determinado (no me parece importante si suena a pesimista o recuerda a “el valle de lágrimas” cristiano, o si se pueden ofrecer en contra de esa percepción un sinfín de logros maravillosos de la mente y las manos humanas), donde se alarga artificialmente la vida de quien ya no es, mientras se descuida un niño por conflicto de competencias, o se ignora a los millones que, siendo, pronto no serán nada gracias a ese progreso que se apoya en su miseria para poder mantener nuestro bienestar (consistente, básicamente, en una posesión compulsiva de bienes, un cuidado obsesivo del cuerpo, y viajes a contrarreloj, solo ligeramente por debajo de la velocidad de las cámaras fotográficas que devoran todo, porque no se ha podido disfrutar y digerir con calma lo que nuestros ojos, sin el filtro de esa cámara, estaban viendo), en ese lodazal ―decía―, solo la locura viene a ofrecer cierto sentido. La locura en cuanto efecto de lo más alienante de lo social, pero también, y eso es lo importante, del intento desesperado de recobrar la libertad.

Es lo que nos muestra el Quijote (o Cervantes a través de su personaje) con la suya ―su locura―: mostrar que eran más consistentes y coherentes su concepción de la justicia y de la libertad y sus ideales amorosos que las mentiras vendidas por el poder, la religión o las costumbres. Que sus intervenciones, aunque guiadas por esa locura, estaban preñadas de más afán de justicia y lucha por los menesterosos que todas las que nacían de los que abrumaban los muros de las iglesias con sus rezos, es algo evidente: no sin razón son sus aventuras las que han pasado a la cultura, conmoviendo a cuantos abordan su lectura. Y es que quizás, para creer en la justicia, se ha de estar un poco loco. En realidad, todos los que han cambiado el mundo, o han muerto en el intento, tenían algo de locos.

Estos días recibo en consulta a una mujer que llora de angustia y dolor al verse invadida por la mirada de todos los ojos con los que se encuentra en el camino ―a pesar de portar ella la mirada de Dios (así lo cree), con la que anhela poner freno a las ajenas―, o por los de los que recurren a la técnica para espiarle en su casa. Para ella, son voluntades que buscan su daño y ella lo ve confirmado en señales que descubre en su cuerpo al levantarse, en desplazamientos de la cerradura de su casa, o en el odio que percibe en quienes se le acercan. Ha de luchar, además, contra la rápida y tranquilizadora sentencia de “está loca” con la que se busca cerrar cualquier otro sentido a esa invasión de miradas, invasión muy similar a la que han de sentir millones de miserables de muchos países por parte de los que pasan por allí de visita; otras veces es su cuerpo desnudo, apenas adolescente, el que esos visitantes miran y aplastan con el suyo. Lo asombroso es lo que a esa mujer le hizo tambalearse: que algunas personas llamaron a su casa para reclamar una deuda de su hermano. Ella no podía soportar que su hermano pudiera estar inmerso en algo ilegal y menos aún que pudieran hacerle daño por eso. Y, es terrible, el daño le ha alcanzado a ella. Para poner freno a ese afán sin límite de hacerle daño que supone en los otros, acude a consulta. Poco a poco, a través de la palabra, se irá desprendiendo del peso de la mirada ajena y de los temores a ser invadida o dañada en su casa. Lo hará a través de cuestionar y de entender que es su posición subjetiva, algo que se tambalea en ella, lo que le hace ser objeto de todos esos ataques externos (no todos imaginarios). No es de poca ayuda, en el trabajo de frenar su delirio persecutorio, su capacidad de salvar de ese naufragio de su mente al amor que siente por los suyos y su necesidad de defenderlos de cualquier mal (a su marido, a su hija, a su hermano…).

La locura es la cumbre de lo social, del fracaso de lo social, en su versión de amenaza de lo subjetivo, de lo individual, de lo que nos hace únicos: los personajes relevantes que han ido conquistando una parcela de nuestro ser al participar en nuestra construcción psicológica (es una forma de entender la identificación), a cuya invasión procuramos todos ser ciegos para mantener eso que llamamos cordura (a consta de ignorar que no somos dueños del todo de lo que, paradójicamente, nos hace creernos un yo sin fisuras, que se sostiene a sí mismo). Esos otros son los que toman cuerpo y miran y vocean, o se burlan y controlan al sujeto desde fuera de su mente. A esa invasión sin límite es a lo que llamamos locura. Desde luego es temible: no en vano es el paradigma de lo siniestro. Freud lo explicó en un artículo precioso que lleva ese nombre, Lo siniestro:explica cómo el encuentro en el exterior con algo familiar, algo que habitaba en nuestra mente ―contenido a duras penas―, que lograba romper ciertas barreras para personificarse delante de nosotros mismos y mostrarnos nuestra verdadera dimensión, el núcleo de nuestro ser, nos sitúa frente a lo más ominoso ante lo que nos podemos hallar: la falta, efecto de lo simbólico, que nos constituye como sujetos, falta, por otro lado, impresionante, pues fue la que nos arrancó de esa relación paradisíaca (la del paraíso perdido) con la naturaleza y nos hizo hombres. El loco es el que se ve, no ante esa falta, esa nada, sino ante la posibilidad de su desaparición, porque con ella se irá su ser.

Nuestras carreras, nuestras búsquedas desesperadas de lo que nos satisfaga más de cinco minutos, nuestras risas, todo lo que nos hace aparentemente humanos, todo ello no es más que la versión domesticada, controlada, de la locura: ¿os imagináis que pensaríamos si, siendo nosotros todavía no-sapiens sapiens, apareciera alguien haciendo lo que hacemos nosotros? Correríamos asustados, lo apedrearíamos por peligroso o lo toleraríamos como se tolera un animal que nace con un miembro de más…o como a un loco. Si en nosotros está presente el miedo a la locura es porque nos ronda de cerca.

Lo más temible de la locura es que, al sacar al sujeto de una relación pacífica o soportable con lo social, lo deja solo, en un temor permanente a las intenciones de los demás, seguros de ser dañados, y, sobre todo, con una relación difícil ―a veces imposible― con el amor y el deseo. Esa es la imagen que ofrecían tradicionalmente los locos (antes de ser domesticados y anulados por la medicación): el hablar solos y andar extraviados por el mundo. No quiere decir que no tuvieran encuentros o relaciones de dimensiones gigantescas con el Otro: tan pronto eran Bonaparte, Jesucristo o amantes de Suárez (recuerdo una mujer del barrio donde vivía con mis padres que iba discutiendo todos los días con Suárez por haberle traicionado con otra). Que su relación con los demás sea a través de encarnar ese tipo de personajes, que hayan de creerse otros para enfrentarse a la vida, muestra su intento de recuperar el lazo social necesario, a la vez que su denuncia de lo que marcha habitualmente mal en las relaciones humanas.


El loco es el ser social por excelencia: vive constantemente pendiente de si el otro lo mira, lo ofende, lo persigue,… Y, a la vez, es el que se ve fuera de ese entramado de relaciones humanas en las que crecemos y construimos como personas. Es asombroso que, estando tan pendientes de los demás, se queden tan solos. Lo que es seguro es que para ellos el progreso no nace de la obtención de bienes, sino de la necesidad de reconquistar un amor que se les escurre de entre las manos como el agua. A los demás se nos escurre también entre tantos bienes como acumulamos o anhelamos, pero no nos damos cuenta de ello.

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