Principios básicos de la atención psicológica

Artículo de: EMILIANO DE LA CRUZ , titular de PSICOLEY psicólogos clínicos y forenses.

Incluidos en el buscador profesional http://www.thesauro.com

En la atención psicológica prestada a cualquier sujeto desde la Psicología Clínica, hay tres principios que han de primar por encima de cualquier otra consideración:

  1. Todo sujeto es sujeto de pleno derecho.
  2. Su capacidad de elección es inalienable.
  3. Su estado psicológico queda determinado por su relación a la ley –que subsume las dos anteriores-.

En cuanto a la primera, que un sujeto lo es de pleno derecho quiere decir que, sea lo que sea que afecta a su equilibrio psicológico, sean cuales sean los síntomas que lo hacen sufrir y sea cual sea su cociente intelectual, nadie puede actuar sobre sus síntomas o sus conductas sin el consentimiento del sujeto. Como corolario de este principio, el psicólogo ha de tener una posición de servicio frente a su cliente o paciente, es decir, en ningún momento  puede ejercer el poder sobre ese sujeto, aunque sea para su bien, menos aún sobre el fondo de que, por principio, el sujeto que acude para que alguien alivie su sufrimiento, se lo concede, ese poder, tras la suposición de que el psicólogo tiene todo el saber sobre lo que le hace padecer. Es más, es el psicólogo quien, en ese ámbito de la relación terapéutica, no es un sujeto de pleno derecho porque su función es poner su saber, su trabajo y todo su ser al servicio de quien acude a él para dar fin a lo que lo hace sufrir o lo hace ser menos libre.

Respecto al segundo principio, que su capacidad de elección es inalienable, supone que el psicólogo nunca puede creerse dueño o arrendatario de la capacidad de ese sujeto para resolver las encrucijadas, tomar las decisiones o realizar las elecciones, ante las que se ve enfrentado en su vida. Que ese sujeto sufra de ansiedad, esté quebrantado por una psicosis o limitado por una minusvalía psíquica, no autoriza en ningún caso al psicólogo a tomar el papel, desde su supuesto saber, de decidir por el sujeto, gobernar su vida o someterlo a la esclavitud de la imagen o ideal que él tenga en su vida. Esta acentuación en el mundo de la imagen, de la supuesta autoestima, de la autovaloración, viene siendo en los últimos tiempos un modo común en el trabajo psicológico, especialmente con mujeres, en que se les pide que puntúen permanentemente su imagen física o expongan su cuerpo  a la miradaneutra y sana del psicólogo, con el peregrino fin de hacerle valorar así su imagen y sentirse más segura como persona. El efecto de tal planteamiento es una continua mirada del sujeto a su cuerpo, haciendo recaer así el peso de su bienestar en el alienante mundo de la imagen y no en el reconocimiento de las trabas puestas al deseo o a su capacidad de amar en la vida. Deseo y amor porque ambos se apoyan justamente en eso que falta –al ser, a la imagen, al bienestar…- y no en ninguna imagen ideal impuesta por el medio social o por un supuesto saber psicológico.

Con el tercer principio, la relación a la ley, se trata de entender que esa ley es fundamental para poner orden en la mente en construcción del niño y comprender que son las mismas leyes que rigen nuestro funcionamiento psicológico y social, o  ser conscientes de las consecuencias que el rechazo o transgresión de la ley producen en el equilibrio psicológico de cualquier ser humano. Son, por tanto, el punto fundamental para entender los síntomas o las distintas afecciones psicológicas, desde la psicosis donde hay una dificultad fundamental para entender la ley, a, en el otro polo, la psicopatía como el rechazo frontal a esa ley. En la relación terapéutica, el psicólogo nunca puede ser ni creerse el referente, el modelo, el que posee la clave del bien y del mal que habría de guiar la vida de quién acude a su consulta. En ese ámbito, él tampoco es el sujeto de pleno derecho; en este terreno, sus criterios morales, éticos o estéticos no tienen cabida y son insignificantes: el sujeto que acude a él lo hace para que ponga su trabajo al servicio de su deseo de entender, fijar, modificar o rechazar sus propios criterios morales, éticos o estéticos con los que enfrentarse a sus propias dificultades o a su relación con lo social. Que el psicólogo ponga su trabajo al servicio del sujeto con el fin de que de su consulta salga un ser más libre de lo que era al llegar a ella, que incluso ese trabajo sea lo suficientemente eficaz para que la salida del malestar no sea a costa de convertirse en un canalla, no quiere decir que tenga derecho a ejercer el poder o manipular a ese sujeto para que llegue a lo que el psicólogo considera lo más sano para cualquier ser humano.

Si el trabajo se apoya en la relación a la ley, en lo simbólico, que permite poner límites, ordenar, entender, dar sentido a sus síntomas, y no a lo imaginario que tiende a la alienación, a la sugestión, al ejercicio del poder, más posibilidades habrá que de ese tratamiento salga un sujeto responsable de sus actos y no un alienado feliz o un canalla que retuerza a su conveniencia sus responsabilidades para obtener siempre un beneficio propio aunque pueda atropellar de paso a cualquier otro ser humano.

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