A la caza de la herencia

Herederos que acaban a la gresca por no estar de acuerdo con el reparto. Hijos no reconocidos que demandan los mismos derechos que sus hermanos de sangre. O testamentos que no llegan a sus legítimos beneficiarios. Si usted es uno de ellos, sepa que hay profesionales encargados de resolver estos entuertos.

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Fuente: capital.es

Esta es la historia de una familia como otra cualquiera en España: un matrimonio (Manuel y Manuela) y dos hijos (Santiago y Manuela). Residentes en Madrid, la feliz pareja es propietaria de dos pisos, uno en la calle Infanta Mercedes, y otro en Bravo Murillo. Hasta ahora todo normal. Pasan los años, los hijos abandonan el nido… y empiezan los problemas. ¡Habemus culebrón!

Manuela (hija) se casa y alumbra a María. Pero se separa, algo que no sienta bien en el seno familiar, siendo desheredada. Su hermano, Santiago, también contrae nupcias. Y tiene una hija llamada Sarah. Tras dos décadas esposado, Santiago se divorcia y se vuelve a casar. El resultado es un nuevo vástago, llamado Felipe. Pero los abuelos no admiten a su nueva mujer y nieto, del cual no quieren saber nada.

Fallece Manuela (la abuela), y el 50% del piso de Bravo Murillo pasa a manos de María. Manuel, ya viudo, escuidado por su nieta Sarah y por la madre de esta, es decir, la primera esposa de Santiago: Felisa. Como agradecimiento a sus desvelos, Manuel les otorga el piso de la calle Infanta Mercedes. ¿Siguen el guión? Pues bien, tras morir Manuel, el piso de la calle Bravo Murillo acaba teniendo tres propietarios: María (con el 64,53%), Sarah (con el 28,20%), y Felipe (con el 7,27%). Los tres primos quieren venderlo pero, por diferencias entre ellos (el dar solo a uno de ellos el piso de Santa Engracia duele, y mucho), no se ponen de acuerdo. Y así llevan diez años.

Harto de la situación, y queriendo cortar de raíz el problema, Felipe se pone en contacto con una empresaespecializada en la compra de porcentajes de inmuebles que tienen varios copropietarios y que están pendientes de dividir o repartir  (lo que se conoce como proindiviso). Y se quita el marrón de encima. Eso sí, con una rebaja sustancial. “Valoramos si hay hipotecas, usufructos o el porcentaje que se vende. Y pagamos entre el 30% y el 35% del precio de valor de mercado”, señala Ramón Larrinaga, socio-director de Gestión Integral de Proindivisos (GIP).

Bomba de relojería. Rencores, envidia y dinero suelen ser un cóctel la mar de explosivo para que una herencia acabe convirtiéndose en una batalla encarnizada, una especie de ‘guerra de los cien años’, sin visos de solución. “Sea cual sea la cantidad, siempre hay una negativa por alguna de las partes. Hay quien ha querido vender su porcentaje con un 20% de descuento, y les han dicho que no. Ante ello, han ofertado un 35% más por el lote de la otra parte, con idéntica respuesta. Entre ellos nunca dan su brazo a torcer, pero si la oferta proviene de un tercero, el chip cambia”, matiza Ramón Larrinaga.

Junto a las desavenencias entre parientes, la crisis también ha convertido al legado familiar en algo así como un apestado. Un dato: entre 2007 y 2013, las renuncias a herencias han crecido un 160% (de 11.047 a 28.816), según el Centro de Información Estadística del Consejo General de Notariado. ¿La razón? Vienen cargadas de deudas. Dicho de otra forma, las mismas superan al patrimonio dejado por el fallecido. “El que consiente recibir una herencia también acepta aquellas deudas que no son de carácter personalísimo, es decir, las que se extinguen con el fallecimiento del causante”, señala Luis Bravo, socio del área fiscal del despacho de abogados Cuatrecasas. Por eso, y antes de dar el paso, este experto recomienda tener un mínimo conocimiento del patrimonio del fallecido. Por eso, es conveniente acudir al Registro de Últimas Voluntades y cerciorarse de cuál es el último testamento del fallecido. Si la patata caliente está ahí, y para evitar que queme las manos, se puede pedir lo que se conoce como “beneficio de inventario” antes de hacer una aceptación pura y simple. “Es una figura que no se usa mucho. El juez acaba liquidando el patrimonio y, si queda algo, es para el heredero”, relata Luis Bravo. Es decir, en caso de que las deudas sean superiores al valor de los bienes de la herencia, el heredero no responde con su propio patrimonio.

El problema es que el plazo para solicitarlo suele ser breve, entre diez y treinta días, dependiendo de si quien recibe la herencia reside o no en el lugar del finado. “En muchas ocasiones las disputas entre los descendientes hacen que tarden en reaccionar lo que puede llevar a situaciones no deseadas”, manifiesta el socio de Cuatrecasas.

Búsqueda de herederos. Allá por 1865, Pepe (nombre ficticio) dejó a su hijo dinero y tierras. Este, a su vez, a sus tres vástagos. Uno de ellos no tiene descendencia, y su parte la acaba legando a un amigo. La sorpresa para los nietos de este último es que, transcurrido el tiempo, alguien llama a su puerta y les dice que son herederos de Pepe. “Averiguamos el patrimonio, montamos el árbol genealógico y llegamos al heredero”, asegura Pedro Fernández, director de Ugenea y de Wills & Laws.

Según sus estimaciones, son más de 3.000 millones de euros los que cada año se quedan en el limbo a la espera de que un heredero reclame lo que en su día perteneció a sus familiares. En España, el 90% de las herencias que se tramitan no terminan de traspasar correctamente el dinero desde todas las cuentas, y uno de cada tres difuntos dejan sus bienes sin herederos. También tramitan herencias con dificultades en el extranjero. ¿Cuál es su forma de trabajar? No suelen pedir provisión de fondos a los clientes, sino que después de estudiar el caso, y entrar en él, corren con todos los gastos y no cobran hasta que el cliente recibe la herencia. “Como vamos a porcentaje, nunca entregamos una herencia negativa. Y cobramos hasta el 40% de la masa hereditaria, ya sean inmuebles o cuentas bancarias que llevan tiempo inmóviles”, concreta Pedro Fernández.

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Hijos ilegítimos. Quienes también están detrás de una herencia son aquellas personas que son hijos fuera de un matrimonio, es decir, ilegítimos. “Entre los años 40 y 70 nacieron muchos en toda España de jornaleras, tatas, o gente del servicio”, señala Fernando Osuna, fundador del bufete de abogados Osuna, especializado en reclamar fortunas a “gente notable”, como él mismo la define: empresarios, ganaderos, políticos, banqueros, artistas…

Para conseguirlo, se suelen seguir dos juicios: uno tiene como fin declarar como hijo a la persona habida fuera del matrimonio y, otro, reclamar la herencia. Cuando el padre fallece, con testamento, la herencia se reparte en tres partes iguales (denominadas legítima, mejora y libre disposición). Por norma, en el mismo no se incluye al hijo extramatrimonial. Si finalmente se reconoce la paternidad, ese hijo habido fuera del matrimonio comparte el 33% de la legítima con quienes serían sus hermanos (si son cuatro, por ejemplo, se harían cinco partes iguales). Pero si no hay testamento, lo que se hace es repartir el total de la herencia entre todos los hijos.

¿Qué sucede en el segundo juicio? En el mismo se demanda a los hermanos biológicos. Es un proceso civil en el que se formula el inventario, hay peritos, y el llamado contador/partidor coordina todos los trabajos y hace un propuesta de reparto de la herencia según las leyes que, finalmente, aprueba el juez. “Cuesta mucho dinero y se acaba llegando a algún tipo de acuerdo, salvo que las posturas estén muy enconadas”, afirma Fernando Osuna. Son procesos que duran entre cuatro o cinco años, aunque los hay que han llegado a la década.

 

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