LOS ÁRBOLES SAGRADOS

Artículo de : Manolo Beltrán

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No es mi intención al iniciar este artículo pasar revista a las más de 130 especies botánicas que se citan en la Biblia y que por ese motivo algunos podrían considerar que tienen ese halo de sacralidad.
Efectivamente en el Antiguo Testamento se trata a algunas especies como sagradas, como es el caso de las higueras, los granados, las palmeras datileras, los olivos, etc., lo que resulta entendible ya que eran una importante fuente de alimentación en un terreno semidesértico como el del reino de
Israel, pero que resultan de escaso interés desde el punto de vista del mundo de la arquitectura.
Me ceñiré por tanto exclusivamente al estudio en las especies destinadas a la construcción de edificios, que es lo que a los posibles lectores de este artículo más puede interesar, entre las que destacan de forma considerable dos: la Acacia y el Cedro del Líbano.

La Acacia
Es un árbol de frecuente cita en la Biblia en cuanto a materiales de construcción de edificios se refiere, ya que aparece como el elegido por Dios para la construcción del Tabernáculo y de todo el mobiliario que debía contener, apareciendo especialmente mencionado en Éxodo 25 del que ofreceré
sólo un pequeño extracto debido a la longitud del texto, remitiendo al lector curioso a la obra original para ampliar la información.
“… Yavé habló a Moisés diciendo:
… Hazme un santuario y habitaré en medio de ellos. Os ajustaréis a cuanto voy a mostrarte como modelo de santuario y de todos sus utensilios.
… Harás también para la morada tablones de madera de acacia, que pondrás de pie, y tendrán cada uno diez codos de largo y codo y medio de ancho. En cada uno habrá dos espigas paralelas entre sí. De estos tablones, veinte estarán en el lado del austro, hacia el mediodía. Harás cuarenta basas de plata para debajo de los veinte tablones, dos basas para debajo de cada tablón, para las dos espigas. En el otro lado de la morada que mira al aquilón
harás otros veinte tablones y cuarenta basas de plata, dos basas para debajo de cada tablón…”
El mismo detalle o superior se encuentra cuando se refiere a la construcción del mobiliario o de los utensilios, por ejemplo para el Arca de la Alianza:
“…Harás un arca de madera de acacia, dos codos y medio de largo, codo y medio de ancho y otro codo y medio de alto. La cubrirás de oro puro por dentro y por fuera y en torno de ella pondrás una moldura de oro. Fundirás para ella cuatro anillos de oro, que pondrás en los cuatro ángulos, dos de un lado, dos del otro. Harás unas barras de madera de acacia, y las cubrirás de oro, y las pasarás por los anillos de los lados del Arca para que pueda llevarse…”
O en el caso de la Mesa de los Panes:
“…Harás de madera de acacia una mesa de dos codos de largo, un codo de ancho y codo y medio de alto: la revestirás de oro puro, y harás en ella una moldura de oro puro en derredor…”
Lo mismo ocurre con el altar de los holocaustos, del atrio, etc., detallándose incluso la vestidura de los sacerdotes.
Obsérvese que tanto la construcción del Tabernáculo como del mobiliario es la propia de un pueblo nómada, como era por aquél entonces el de Israel que se encontraba en plena salida de Egipto hacia Israel, y todo está pensado para ser transportado y desmontado por lo que los cerramientos del
Tabernáculo son textiles y la cubierta de pieles de carnero. Para los técnicos resulta muy interesante la lectura completa del texto porque parece ser el primer caso de la historia escrita en el que se documenta una prescripción facultativa de los materiales a emplear en una construcción, con todo lujo de detalles referido a medidas, formas, materiales o revestimientos.

Particularmente me llama la atención que los profetas atribuyan con tanta contundencia al mismo Dios la predilección por un material tan concreto, en este caso la madera de acacia, lo que justifica un pequeño estudio sobre sus cualidades que pudiera explicar el por qué de esa elección:

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La acacia es un pequeño árbol de la familia de las mimosáceas del que existen diversas especies, (A. baileyana, A, cyanophylla, A. decurrens,…) algunas de ellas provistas de espinas, que es lo que justifica su nombre ya que acacia es una palabra de origen griego que tiene ese significado.
Su madera es dura, resistente y densa, frecuentemente comparada con la madera de Teca de alta calidad y con la del Nogal.
La acacia es una especie muy duradera y de fácil mantenimiento que resiste bien los cambios de temperatura, la humedad, y los ataques de hongos, crustáceos, moluscos y termitas. Diferentes estudios calculan que ofrece más de 20 años de resistencia a hongos, en contacto directo con la
tierra, en un clima medio y sin ningún tipo de tratamiento.
Efectivamente todas estas características hacen muy lógica la elección bíblica, máxime cuando se trata de construir un edificio desmontable expuesto a la intemperie y sin sistemas de impermeabilización.
Por estas características tan singulares de la madera, y su conocimiento desde tan antiguo, cabría esperar que en el mundo actual su uso hubiera sido muy frecuente, incluso que se hubieran realizado grandes plantaciones y explotaciones forestales. Pues nada más lejos de la realidad, resultando que
esta madera ha sido relativamente desconocida hasta hace sólo unos años para la industria maderera, hasta que hace poco ha empezado a ofrecernos distintos tipos de muebles, especialmente de jardín, en sustitución de la teca que está ya excesivamente sobreexplotada . Sin embargo su plantación y explotación resulta altamente recomendable por cuanto es una especie apta para la forestación, ya que ayuda a recuperar suelos degradados y suelen ser árboles de crecimiento rápido.

Imagen de una acacia Se comprueba una vez más que no les habría venido mal un poco de lectura (y de cultura) a los industriales madereros para haber aprovechado las grandes ventajas de esta especie que habitualmente sólo vemos utilizarse como árbol ornamental en calles y jardines.

El Cedro del Líbano
Se trata de la especie más citada en la Biblia por sus especiales características de frondosidad, longevidad y altura, a la que se suele comparar con las potencias de la época, tanto en el momento de su mayor poderío como en el de su caída, así en Ezequiel 31 se compara al imperio asirio con el
cedro:
“He aquí que Asur era un cedro del Líbano de bello ramaje, frondoso y de sublime estatura que mecía su copa entre las nubes. Las aguas le hicieron crecer, el abismo le encumbró; hizo correr ríos en torno al lugar en que estaba plantado, y mandaba sus acequias a todos los árboles del campo.
Por eso se encumbró entre todos los árboles del campo y se multiplicaron sus ramas y su fronda se extendió por la abundancia de aguas.
Anidaban en sus ramas todas las aves del cielo y parían bajo su copa todas las bestias del campo, y eran muchos los pueblos que habitaban a su sombra.
Era hermoso por su grandeza, por la extensión de sus ramas, por tener sus raíces metidas en abundantes aguas.
No le sobrepujaban los cedros del jardín de Dios, no se le asemejaban en la fronda los cipreses, no eran los plátanos comparables en su fronda, ningún árbol del jardín de Dios le igualaba en hermosura.”
Efectivamente se trata de una especie arbórea (Cedrus Libani) de características especialmente apreciables como material de construcción al ser un árbol de tronco grueso y recto, de madera compacta, aromática e imputrefactible, repelente de los insectos, capaz de vivir más de dos mil años
y alcanzar los 40 metros de altura.
Estas características tan particulares de la especie, perfectamente conocidas entonces, propiciaron una demanda desmesurada de la misma por parte de todas las potencias de la época que la emplearon para fines tan diversos como la construcción de barcos, de palacios o de féretros. Para
éste último fin los mayores demandantes fueron los egipcios que asociaban sus características de imputrefactibilidad a la vida eterna de sus difuntos.
En aquella época el Líbano estaba dominado por los fenicios que comerciaron con estos árboles masivamente al ser uno de los productos más solicitados por los compradores de todos los países vecinos, además de utilizar su madera para la construcción de su propia flota mercante. Era tal la
codicia que despertaba esta madera que reyes como Nabucodonosor presumían de haberse sabido asegurar el suministro dejando inscripciones en el propio Monte Líbano.
Dada la nobleza de esta madera se empleó en los edificios más representativos de la época, como el Palacio de David, el de Salomón y fundamentalmente en el Templo edificado por éste último, que ha pasado a la historia como un mito arquitectónico.
A diferencia del caso de la acacia en el caso de la construcción del Templo de Salomón no existe una expresa petición divina para que se edifique con cedro aunque sí aparece una referencia en que lo hace de forma indirecta cuando el rey David se plantea la construcción del Templo y recibe una
comunicación de Yavé a través del profeta Nathán que le dice:
“…Y en todo el tiempo en que anduve con los hijos de Israel, ¿he dicho yo palabra a ninguno de los jefes de Israel… de hacerme una casa de cedro?” (2 Samuel 7,7)
es decir que parece resultar obvio que en caso de haberla deseado la hubiera querido con ese material.

Efectivamente la empresa de construcción del Templo quedó reservada para su hijo Salomón que
decidió edificar tanto el Templo como su propio palacio utilizando fundamentalmente este recurso
natural, lo que supuso un auténtico derroche para el reino de Israel.
La magnitud de la empresa fue de tal calibre que implicó un tratado de Israel con el reino de Tiro
(antiguo nombre del Líbano) por el que el primero desplazó enormes masas de trabajadores hasta el
Monte Líbano para ayudar a los trabajadores locales que eran pagados también por Israel, además
de las compensaciones en forma de alimentos que Salomón se comprometió a pagar al rey de Tiro.
Los textos hablan de que Salomón hizo una leva de treinta mil hombres, de forma que se
desplazaban diez mil por mes al Líbano de forma rotatoria. Además tenía setenta mil hombres
dedicados al transporte y 80.000 trabajadores en el monte.
Dada la distancia entre los dos reinos el transporte se realizaba bajando la madera hasta el mar y
construyendo balsas con ellas con las que se desplazaban hasta Israel.
La referencia relativa a la construcción del templo, sus dimensiones y diseño se encuentran en el
Primer Libro de los Reyes 6, para quien desee ampliar la información, limitándome yo exclusivamente
a mencionar sólo algunos párrafos en los que se cita la madera objeto de este artículo
“…Cuando hubo acabado de edificar la casa, la cubrió con artesonado de cedro. A cada uno
de los pisos de habitaciones que rodeaban la casa les dio cinco codos de altura y los unió a la
casa con vigas de cedro…”
“…Revistió Salomón los muros de la casa al interior con planchas de cedro, desde el suelo
hasta el techo, revistiendo así de madera todo el interior; y el suelo lo revistió de planchas de
ciprés. Revistió también de planchas de cedro los veinte codos del fondo de la casa, desde el
suelo, todo lo alto de los muros… El revestimiento del interior del cedro iba tallado por
entalladuras de flores abiertas y en botón, y todo era de cedro, sin que se viera nada de
piedra.”
A continuación se narra la construcción del palacio que Salomón se hizo edificar en el que fue
tanta la madera que utilizó que el palacio se llamó “Bosque del Líbano”, lo que nos puede dar
una idea de las cantidades que allí se emplearon.

Imagen de un cedro del Líbano Los textos hablan de que la obra duró trece años y de que las dimensiones del palacio eran de cien
codos de largo, cincuenta de ancho y treinta de alto, sobre tres filas de columnas de cedro con
capiteles del mismo material
“…Estaba cubierta de tablones de cedro, arriba, sobre arquitrabes que se apoyaban
en las cuarenta y cinco columnas, quince columnas en cada hilera…” Etc.
Independientemente de la magnificencia de estas construcciones resulta llamativa la atención que se
prestaba a detalles tan sutiles como la propiedad aromática de esa madera, que hacía que las
estancias estuvieran permanentemente perfumadas, eliminado los olores corporales de los usuarios
en una época en que los baños y las duchas no eran de uso habitual.
Igualmente efectiva era la propiedad de esta madera de actuar como repelente de insectos, lo que
redundaba en una comodidad añadida a los usuarios además de significar la durabilidad de la
construcción al carecer de ataque de xilófagos. La elección era perfecta.
Los lectores de una cierta edad seguramente recordarán que nuestras madres utilizaban un perfume
que, si no me equivoco, se llamaba Maderas de Oriente que traía dentro del frasco un pedacito de
madera, que era evidentemente de cedro, que cedía su fragancia al perfume. Por la misma razón
desde antiguo se ha utilizado para la construcción de joyeros y otros objetos de uso femenino.
Aunque el rey Salomón ha pasado a la historia como uno de los reyes más sabios, cabe en principio
dudar de esa sapiencia en términos absolutos por las consecuencias que se derivaron de la
explotación tan brutal que se llevó a cabo. Lo mismo podemos decir de los fenicios, cuyo propio
nombre ha pasado a ser sinónimo de la avaricia.
Efectivamente parece que nadie supo prever el impacto ecológico que estas talas descomunales
tuvieron en el medio ambiente ya que la deforestación masiva ocasionó el arrastre de las tierras de
las laderas que cayeron abruptamente sobre los valles, lo que conllevó no sólo la desertización de
uno de los bosques más hermosos y ricos de la tierra, sino la ruina para los fenicios ya que al
quedarse sin cedros no pudieron seguir construyendo barcos.
Pero el desastre fue aún mayor porque puertos tan famosos en la antigüedad como el de Sidón
quedaron anegados por los ríos de lodo que bajaban desde los montes, lo que ocasionó su
destrucción. Los vendedores de maderas preciosas no advirtieron que esos árboles protegían el
conjunto de la cuenca hídrica. En su ambición, los fenicios se quedaron sin barcos y sin puertos.
Poco hemos aprendido desde entonces porque el problema se sigue repitiendo en nuestros días en
muchos lugares de nuestro planeta sin que se atisbe el momento de la lucidez de la humanidad en
que se llegue a poner coto a este problema que terminará arruinando el futuro de la propia especie
humana.
Después de lo dicho espero que esta antigua (y tan actual) historia sirva de una parte para
concienciar al lector sobre las consecuencias del uso indiscriminado de los recursos a la vez que para
aumentar el conocimiento y aprecio de las especies citadas, de forma que si consiguiera que uno sólo
de los posibles lectores de este trabajo decidiera plantar alguno de estos árboles el objetivo del
artículo estaría más que cumplido.

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